No todo el que se va abandona… a veces se salva
Dependencia emocional, culpa afectiva y la valentía de marcharse
Santiago B. Valarezo CH.
2/7/2026
Vivimos obsesionados con la idea de que irse es fallar. Como si la constancia fuera siempre una virtud y la despedida, un defecto moral. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando quedarse implica traicionarse a uno mismo?, ¿cuándo el precio de la lealtad es la propia salud mental?
Se nos enseñó que la lealtad se mide por cuánto aguantamos, que el amor verdadero resiste todo y que marcharse es fracasar. Sin embargo, la psicología ha mostrado que permanecer en vínculos dañinos puede estar vinculado a procesos de dependencia emocional y negación afectiva que dificultan romper el lazo, más que a una supuesta fortaleza emocional (Rodríguez de Medina Quevedo, 2013).
Por eso, marcharse no siempre ocurre antes de tiempo. Muchas veces sucede después de haberse quedado demasiado: esperando un cambio, una palabra, una versión futura del vínculo que solo existía en la imaginación. No por lo que pasó, sino por lo que nunca ocurrió. En esos casos, irse no es abandonar al otro; es dejar de abandonarse a uno mismo.
Entonces aparece la culpa. Esa voz que susurra: “quizás exageré”, “debí intentar más”. Pero con frecuencia no nace del amor, sino del miedo, a perder el vínculo, a la soledad, a aceptar que insistir no cambiaría nada, dinámicas asociadas a la dependencia emocional y al malestar afectivo (Urbiola, Estévez, Iruarrizaga & Jauregui, 2017).
Nos gusta pensar que una relación termina cuando alguien se va. Pero casi siempre termina antes: cuando uno empieza a desaparecer dentro de ella. Los vínculos no suelen romperse de golpe; se erosionan en silencios, concesiones y necesidades archivadas para no incomodar. Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿quedarse por amor… o por miedo?
Hay momentos en los que permanecer deja de ser cuidado y se convierte en renuncia, quedarse puede ser una forma de violencia hacia uno mismo, disfrazada de lealtad. Irse no es cobardía; es autoprotección.
Sanar no siempre implica reparar. A veces exige aceptar que no todo estaba destinado a sostenerse. Por eso no todo el que se va traiciona: algunos se marchan porque entendieron que seguir ahí implicaba traicionarse a sí mismos.
Sobre el autor
Santiago B. Valarezo CH.
Psicólogo clínico con enfoque cognitivo-conductual. Concibe la salud mental como un espacio de cuestionamiento, cambio y responsabilidad personal, no solo de alivio sintomático. Se involucra en iniciativas orientadas a la promoción y comprensión del bienestar psicológico y mantiene un compromiso activo con el voluntariado como parte de su práctica ética y social. Sostiene una apuesta constante por la investigación y el desarrollo académico, creyendo en una práctica rigurosa, crítica y humana donde la evidencia científica y la reflexión dialogan para generar transformaciones reales.
Contacto: 0987763514


